“A 47 años del Golpe Militar”

Hace 47 años las Fuerzas Armadas tomaron el control del país, iniciando 17 años de una Dictadura cívico – militar, la que estuvo marcada por actos de represión y violencia, dejando a miles de víctimas, incluso muchas de ellas, con paraderos desconocidos hasta hoy.

El día de ayer, el Presidente de la República, Sebastián Piñera, dice “el 11 de septiembre es una fecha que divide a los chilenos. Hay interpretaciones distintas, hay hipótesis encontradas, hay sentimientos confrontados… yo espero que el 11 de septiembre sea un día que no divida a los chilenos, sino que todos juntos podamos aprender las lecciones”, anunció el mandatario.

Es difícil hablar de unión, más difícil es pensar en sentimientos encontrados. Cuando el denominador común es el dolor. Unión y perdón son conceptos repetitivos en esta fecha, sobre todo para aquellos que pretenden “dar vuelta la página” (por ellos ojalá pudieran borrar las fotos e imágenes que incluso les vincula al círculo cercano del Dictador).

¿Es viable el perdón, después de 47 años del Golpe Militar?

Para estas posibles respuestas me parece imprescindible tomar como referencia la compilación de conferencias de Jacques Derrida en las Universidades de Cracovia, Varsovia y Atenas en el año 1997. Estando esta y otras conferencias, compiladas en un texto llamado Perdonar lo imperdonable y lo imprescriptible del año 2017.

El concepto “perdón” se puede utilizar de al menos dos aspectos lingüísticos: a) como sujeto en un enunciado constatativo. “El perdón es esto”, “el perdón es aquello”; b) en un enunciado performativo. “Por favor, perdón”, “perdónenme, se los ruego”.

Lo anterior, desde el análisis del discurso es muy relevante. Desde la vuelta a la democracia, se habla del perdón como un sujeto, es decir estoy hablando de algo o alguien, el perdón se vuelve entonces, en esta medida, en el nombre de un tema o de un problema teórico a tratar en un horizonte del saber. Sin embargo, el perdón jamás se ha manifestado como un enunciado performativo, donde no se describe un sujeto o hecho, sino que se realiza una acción. En este caso, es imprescindible el uso explícito o implícito del “yo”, o más bien, de una primera persona gramatical, ejemplo, “(yo) te pido me perdones” o “(nosotros/as) te pedimos perdón”

Ahora bien, no es al azar que se utilice el perdón, de manera discursiva, como un sujeto. Ya que, si se utiliza como acción, las acciones en nuestra lengua tienen varias características: principalmente tiempo, modo y aspecto. Y como esto no es una columna de Gramática, estas características gramaticales abren algunas interrogantes: ¿Quién perdona o quién pide perdón a quién? ¿En qué momento se pide el perdón? ¿Qué significa aquí el “quién?

El perdón nos parece no poder ser pedido o concedido sino “cara a cara”, frente a frente, entre aquel que ha cometido el mal irreparable o irreversible y aquel o aquella que lo ha sufrido. Dejando de manifiesto una víctima y un victimario, quedando a disposición de las víctimas la posibilidad de decidir, en este caso, conceder el perdón o rechazarlo.

Después de 47 años del Golpe Militar se reconocen las víctimas, se habla de ellas, tienen rostro, tienen familia, tenían gustos y pasatiempos. El gran problema discursivo del perdón en Chile es que no tenemos victimarios, no sabemos quiénes son, quién les mandó a matar y torturar. Es más, se han resguardado en un pacto de silencio, ocultando información, rindiendo honores a quienes son victimarios de crímenes de lesa humanidad.

Es impresentable pensar en rencor, cuando nunca se ha pedido perdón. El perdón no ha sido acción, simplemente se ha presentado como sujeto, y no solo ahora, han sido varios Presidentes de la República y, por sobre todo, Comandantes en Jefes que lo han ido haciendo de la misma forma.

Vladimir Jankélévitch en su texto El Perdón (1967) dice “el perdón del pecado es un desafío a la lógica penal”. Sabe bien que el perdón no es, sobre todo no debe convertirse en olvido, sin embargo, en el impulso de una generosa demostración polémica, y en el miedo de pensar que un eventual perdón puede transformarse en olvido, Jankélévitch dice “no” al perdón alegando que no hay que olvidar. “El perdón, dice Jankélévitch, murió en los campos de la muerte”

Uno de los argumentos de Jankélévitch es que el perdón no puede concederse, o que al menos no puede contemplar la posibilidad de concederlo, más que si el perdón es pedido, explícita o implícitamente pedido. Esto significaría que no se perdonará nunca a alguien que no confiesa su falta, que no se arrepienta y que no pida, explícitamente, perdón.

En chile no hay familias que se victimicen, o que sean rencorosas. Hay victimarios sangrientos que no han reconocido sus faltas, no se han arrepentido y no ha entregado información. Es más grave, cuando una institución a cargo de la seguridad del País, respalda e incluso rinde honores a estos criminales. Ofendiendo abiertamente la dignidad de las víctimas y la memoria histórica colectiva. Haciendo apología a los pactos de silencio como si fueran un “código de honor” más propio de la mafia, permitiendo que los autores intelectuales y materiales de abusos, torturas y crímenes guarden silencio, protegiéndose y protegiendo a sus superiores jerárquicos o pares.

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